Orando por sus pastores II

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James Smith

Nuevamente, piense en la importancia del ministerio para la Iglesia. Es a través del ministerio – que el pueblo del Señor será alimentado, instruido y edificado. Es a través del ministerio – que los débiles serán fortalecidos, los rebeldes advertidos, y los tristes consolados. Es a través del ministerio – que los descarriados serán restaurados, y los errantes serán traídos de nuevo al redil. Es a través del ministerio que el error será refutado, y la verdad de Dios preservada en su pureza entre nosotros. Es a través del ministerio, que el Señor obra en la conversión, en la consolación y la restauración. Por lo tanto, si la Iglesia ha de crecer, si los creyentes han de ser edificados sobre su santísima fe, si las ovejas de Cristo han de ser pastoreadas y alimentadas – es de la mayor importancia que nuestros ministros sean santos, eficaz y bendecido. Pero no tenemos derecho a esperar tener hombres así, o que estos se mantengan así, o que sean bendecidos y honrados en su labor por otra razón que no sea como respuesta eficaz a las fervientes oraciones del pueblo del Señor.

Teniendo en cuenta la importancia del ministerio para la Iglesia, una vez más, ruego que oren con el fervor y la frecuencia debida por estos administradores de los misterios de Dios.

Y ahora, traigamos el tema un poco más cerca de casa, y hablemos del hombre cuyo ministerio usted ha elegido, y bajo cuya enseñanza usted está expuesto. Permítame preguntar: ¿Con cuánta frecuencia usted ora por su pastor? Él ocupa un lugar que requiere mucho trabajo. Su labor es gloriosa, pero solemne y difícil. Él tiene que velar por las almas, como alguien que dará cuenta por ellas. Él tiene la responsabilidad de guiar al rebaño, y se espera que sea un ejemplo para el rebaño. De él, en un sentido muy importante, depende tu consuelo, tu edificación y tu crecimiento en la gracia. Él necesita mucha gracia, asistencia especial y valor indomable. Él tiene que, en un sentido peculiar, luchar con los principados y potestades en los lugares celestiales. Tiene mucho que soportar de cada miembro individual de la Iglesia, y mucho más del rebaño entero. A menudo es abrumado por la inmensidad de la importancia de la labor que realiza y oprimido por la humillante realidad de que es incapaz de hacerla. Él está a menudo entre su gente, como lo fue Pablo- en debilidad, y miedo, y mucho temblor. Él ve más imperfecciones en sus pobres sermones de lo que su pueblo ve, y en lo privado encuentra más faltas en su ministerio que en público. Con qué amargura de alma pregunta a menudo, “¿Quién ha creído a nuestro mensaje? ¿A quién se ha revelado el brazo del SEÑOR?” (Isaías 53:1). Teme la idea de que sus dones se deterioren, que sus virtudes se marchiten o que su utilidad disminuya. Él se esfuerza en el nacimiento de muchos, soporta la duda de muchos, mientras anhela la salvación de todos.

¡Oh, cuán solemne le parece a menudo, el estar parado en la brecha entre el Dios vivo y los pecadores muertos en delitos y pecados; ser encomendado con el Evangelio, ordenado a ser fiel hasta la muerte, y darse cuenta, como sucede a veces, de que ese Evangelio será una olor de vida para vida, o de muerte para muerte (2 Cor. 2:16).

Hermanos, amados del Señor, con tal panorama de la posición y sentimientos de vuestro ministro ante ustedes, cariñosamente les pregunto otra vez: ¿Con cuánta frecuencia oras por tu pastor?

¿Oras por él como lo exige su oficio y su trabajo? ¿Oras por él como él te suplica y te urge que lo hagas? ¿Ora usted por él ahora, cómo una vez lo hizo? ¿Oras por él como tu conciencia te contriñe a que lo hagas? ¿Oras por él- tal vez, como lo harías si estuvieras en tu lecho de muerte o estuvieras a punto de perderlo? ¿No crees que todas esas horas que desperdiciastes hablando de él hubiesen sido mejor utilizadas orando por él? ¿No has desperdiciado muchas horas, que podrían haber sido aprovechadas para beneficio tanto tuyo como el de tu pastor, si las hubieses usado orando por tu ministro?

Pero el pasado se fue, y se ha ido para siempre – podemos reprocharnos, podemos condenarnos, podemos desear que hubiera sido diferente – pero ya no podemos cambiarlo. ¿Haremos las cosas diferentes en el presente, y el futuro- si es que algún futuro no es concedido? ¿Oraras por tu ministro más frecuentemente, más sinceramente, más urgentemente? ¿Pondrás exponer su caso ante el Señor, con más esmero, más detalle, reclamando por él las promesas de la gracia de Dios, y pedir para él mayores bendiciones, con mayor fervor, en el precioso nombre de Jesús? ¿Podrías hacerlo? ¿Lo harás?

¿Podrás justificar tu comportamiento pasado en cuanto a este tema? ¿Te sientes satisfecho? ¿No has perdido muchas, muchas bendiciones, descuidando el orar por tu pastor o simplemente orando por él de una manera mecánica y fría? ¡Hermanos, necesitamos sus oraciones! Rogamos por sus oraciones. Le rogamos que oren por nosotros. Podemos adoptar y usar el lenguaje del Apóstol como nuestro:

“Os ruego, hermanos, por nuestro Señor Jesucristo y por el amor del Espíritu, que os esforcéis juntamente conmigo en vuestras oraciones a Dios por mí” (Romanos 15:30).

“Y orad por mí, para que me sea dada palabra al abrir mi boca, a fin de dar a conocer sin temor el misterio del Evangelio, por el cual soy embajador en cadenas; que al proclamarlo hable con denuedo, como debo hablar” (Efesios 6: 19-20).

“Orando al mismo tiempo también por nosotros, para que Dios nos abra una puerta para la palabra, a fin de dar a conocer el misterio de Cristo, por el cual también he sido encarcelado, para manifestarlo como debo hacerlo” (Colosenses 4:3-4).

“Hermanos, orad por nosotros” (1 Tesalonicenses 5:25).

“Finalmente, hermanos, orad por nosotros, para que la palabra del Señor se extienda rápidamente y sea glorificada, así como sucedió también con vosotros” (2 Tesalonicenses 3:1).

“Orad por nosotros, pues confiamos en que tenemos una buena conciencia, deseando conducirnos honradamente en todo” (Hebreos 13:18).

Si Pablo, con todos sus dones, gracias y éxito, así estimó y pidió las oraciones del pueblo del Señor por su persona, cuánto más lo haremos nosotros, y con cuánta mayor seriedad e insistencia rogaríamos: ¡Hermanos, oren, oren, oren, por nosotros!

Usado con permiso, AR