Lo rara que es la gratitud

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J.C. Ryle

Entonces uno de ellos, al ver que había sido sanado, se volvió glorificando a Dios en alta voz. Y cayó sobre su rostro a los pies de Jesús, dándole gracias; y éste era samaritano. Respondiendo Jesús, dijo: ¿No fueron diez los que quedaron limpios? Y los otros nueve, ¿dónde están? (Lucas 17:15-17).

Se nos dice que, de los diez leprosos a quienes Cristo sanó, solo hubo uno que regresó a darle las gracias. Las palabras que salieron de los labios de nuestro Señor en esta ocasión son muy solemnes: “¿No son diez los que fueron limpiados? Y los nueve, ¿dónde están?”.

La lección que tenemos ante nosotros es humillante, apela a la conciencia y resulta profundamente instructiva. Los mejores de nosotros somos muy parecidos a los nueve leprosos. Estamos más dispuestos a orar que a alabar, y más dispuestos a pedirle a Dios lo que no tenemos que a darle gracias por lo que tenemos. La murmuración, las quejas y el descontento abundan en cada parte de nosotros. Se encuentran verdaderamente pocos que no escondan continuamente bajo un almud las muestras de misericordia recibidas y pongan sus necesidades y pruebas sobre una colina. Esto no debería ser así. Pero todos los que conocen la Iglesia y el mundo se ven obligados a confesar que es cierto. La extendida falta de gratitud de los cristianos es la vergϋenza de nuestros días. Es una clara prueba de nuestra poca humildad.

Oremos diariamente por un espíritu agradecido. Es el espíritu que Dios ama y que se deleita en honrar: David y S. Pablo eran hombres eminentemente agradecidos. Es el espíritu que ha marcado a todos los mayores santos de todas las épocas de la Iglesia: En M’Cheyne, Bickersteth y Haldane Stewart predominó siempre la alabanza. Es el espíritu que es la atmósfera misma del Cielo: Los ángeles y los justos perfeccionados están siempre bendiciendo a Dios. Es el espíritu que es la fuente de felicidad sobre la Tierra: Si queremos no preocuparnos por nada, debemos hacer que nuestras peticiones sean conocidas delante de Dios no solo con oración y ruego, sino también con acción de gracias (cf. Filipenses 4:6).

Sobre todo, oremos por un profundo sentido de nuestra propia pecaminosidad, culpa e indignidad. Este, al fin y al cabo, es el verdadero secreto de un espíritu agradecido. Es el hombre que diariamente experimenta su deuda con la gracia y recuerda diariamente que, en realidad, no merece nada sino el infierno, quien será bendecido diariamente y alabará a Dios. La gratitud es una flor que nunca florecerá excepto sobre una raíz de profunda humildad.

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Extracto de “Lucas 11-24, Meditaciones sobre los Evangelios” por J.C. Ryle. Reservados todos los derechos. Este libro está disponible en Cristianismo Histórico.