La edificación del hombre interior

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Albert N. Martin

Entre los medios ordenados por Dios para la nutrición de la vida interior, nada es más vital que asimilar la Palabra de Dios en un estado de ánimo y corazón entregado a la oración y a la reflexión. Esta asimilación debería implicar siempre un autoexamen sincero, pero del tipo que David expresa en su oración al final del Salmo 139:23-24: «Escudríñame, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis inquietudes. Y ve si hay en mi camino malo, y guíame en el camino eterno». Esta asimilación debe ser estructurada y regular. En ella venimos a la Palabra de Dios como discípulos para que nuestro Señor nos enseñe, y no como ministros para recibir material con el que enseñar a otros. En ella venimos a sentarnos a los pies de nuestro Salvador, no para aprender principalmente lo que deberíamos hablar en Su nombre a los demás, sino a saber qué hablaría Él en Su propio Nombre y Persona a nuestro propio corazón. Esto es lo que quiero decir con la asimilación devocional de las Escrituras.

Jeremías lo expresó de una forma hermosa cuando escribió: «Cuando se presentaban tus palabras, yo las comía; tus palabras eran para mí el gozo y la alegría de mi corazón, porque se me llamaba por Tu nombre, oh Señor, Dios de los ejércitos». O, en el lenguaje del primer Salmo, el hombre bienaventurado y productivo es aquel que medita en la ley de Dios día y noche. La ley de Dios (es decir, toda la revelación inscripturada) es su propio deleite interno, la carne con la que alimenta su propia alma, y esa bebida con la cual refresca su propia vida interior.

Nuestro bendito Señor fue el gran patrón de Aquel que asimiló las palabras de Su Padre celestial en esta forma regular y estructurada. No es otro que el Siervo del Señor (un título de Jesús) que dice en Isaías 50:4: «El Señor Dios me ha dado lengua de discípulo, para que yo sepa sostener con una palabra al fatigado. Mañana tras mañana me despierta, despierta mi oído para escuchar como los discípulos». Según este pasaje, la capacidad de nuestro Señor en hablar como habló, de frescura, de enseñanza, y de la convicción de otros, tenía su raíz principal en el hecho de que Su propio oído se despertaba cada mañana para oír la voz de Su Padre celestial. Recuerda las palabras de Juan: «El que dice que permanece en Él, debe andar como Él anduvo» (1 Jn 2:6).

Extracto de “Tú me restauras” por Albert N. Martin. Reservados todos los derechos. Este libro está disponible en Cristianismo Histórico.