El glorioso nacimiento virginal de Cristo

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Dr. Geoff Thomas

Fue el profesor John Murray, ya fallecido, quien señaló que no había nada sobrenatural en lo que solemos denominar «el nacimiento», es decir, en que Jesús procediera de la matriz de María. Todo el proceso fetal y embrionario se desarrolló de forma normal. Se nos dice que, cuando ««se cumplieron los días de su alumbramiento» (cf. Lc. 2:6), María dio a luz.

En realidad, no hubo milagro alguno en aquel nacimiento, en el sentido técnico de la palabra. La concepción de Cristo fue tan extraordinariamente normal como la nuestra.

Entonces, ¿dónde radica lo sobrenatural del nacimiento de Cristo? En tres lugares:

Fue engendrado de forma sobrenatural

El Dr. Lloyd-Jones cita esta pequeña declaración: «Así como la divina naturaleza del Señor no tuvo madre, tampoco su naturaleza humana tuvo un padre humano». Jesús no fue concebido en la matriz por la unión de varón y hembra ni por la comunicación de esperma del hombre a la mujer. Fue engendrado (en lugar de ser concebido) por el Espíritu Santo y lo milagroso consistió en su engendramiento sobrenatural. La ausencia de un engendramiento humano fue lo que dio lugar a un nacimiento virginal. A este respecto y en un sentido estricto, no resulta del todo adecuado decir que Jesús fue concebido por el Espíritu Santo (aunque esta sea la frase empleada en el Credo de los Apóstoles). «Lo que se dijo cuando Elizabeth concibió a su hijo Juan (cf. Lc. 1:24, 26) se repite en el caso de María y de su hijo. El Espíritu Santo engendró y María concibió (véase también Lc. 2:21)»1.

Fue una persona sobrenatural

Por sí mismo, un nacimiento virginal no implica necesariamente una encarnación. Si Dios hubiera querido, podría haber engendrado un millar de bebés de forma sobrenatural. Lo relevante de esta concepción era que lo que se había incorporado al óvulo de María era la segunda persona de la Deidad. Dejó el hogar celestial de su Padre, por su gracia tan infinita y gratuita. Su destino era la virgen desposada con José. Lo especial del bebé que María llevaba en su seno era esto: «En lo referente a su naturaleza humana era el eterno Hijo de Dios. Fue engendrado por el Espíritu y concebido por la virgen en la naturaleza humana. En todo esto, el hecho más formidable fue el engendramiento, la concepción, el desarrollo embrionario y el nacimiento de una persona sobrenatural. A causa de esto, no existía un solo punto en el que lo sobrenatural no estuviera presente. La encarnación era extraordinaria de principio a fin, porque en ningún momento se interrumpió la identidad sobrenatural de la persona»2.

¿Quién es este, allá en un establo, a cuyos pies se postran pastores?
Es el Señor, ¡oh maravillosa historia!
Es el Señor, el Rey de gloria.

No hubo disminución en Aquel que ya era en el principio, que estaba con Dios y era Dios. No hubo transmutación ni despojamiento. Cuando el apóstol Juan dice que ellos le vieron y contemplaron la gloria del unigénito del Padre está diciendo, en otras palabras, que Jesús de Nazaret era «el unigénito de Dios que está en el seno del Padre» (Juan 1:18). De modo que la encarnación implicaba una suma y no una resta. Dios Hijo, que seguía siendo la inmutable segunda persona de la divinidad, unió a Sí mismo la naturaleza humana de un hombre particular: el verdadero hijo biológico de María, mujer que se casó con un carpintero, que vivió en Nazaret, en cuyo hogar creció Jesucristo, el Dios hombre. «La encarnación significa que el Hijo de Dios adoptó la naturaleza humana íntegramente en su persona, y esto tuvo como resultado su persona divina y humana a la vez, sin que hubiera impedimento alguno para la plenitud de ambas naturalezas»3.

Fue una conservación sobrenatural

Al final de su vida hubo una conservación sobrenatural, cuando su cuerpo reposó en la sepultura, porque Dios no podía permitir que su Santo Hijo Jesús pasara por la putrefacción. Recordemos el temor de María y Marta al abrir la tumba de su hermano Lázaro, tres días después de su muerte, de que su cuerpo hediese. Pero Dios intervino. La tumba estaba nueva y limpia: no había fetidez de muerte: un magnífico mausoleo para el Autor de la vida. Lo mismo ocurrió cuando se encontraba en la matriz de María: nuestro Dios se contrajo en algo diminuto, incomprensiblemente humano, y más pequeño que un punto.

Después, cuando el resto de los hombres debía decir: «He aquí, yo nací en iniquidad, y en pecado me concibió mi madre», Él no pudo pronunciar jamás estas palabras, como tampoco tuvo que confesar nunca sus pecados a Dios. En el momento de su concepción hubo, en cierto modo, una preservación de cualquier mancha de pecado, de esa contaminación que, de otro modo, le hubiera impartado María. Su humanidad era sin pecado, aunque no exenta de tentación. Tampoco vivía en un entorno desinfectado y espiritual; sin embargo, en su concepción no hubo pecado prenatal, sea lo que sea. Desde entonces, tras su primer aliento, jamás hubo en Él propensión o afinidad alguna con el pecado ni mancha del mismo, aunque era de carne y hueso como nosotros. Era el Verbo de Dios que se convirtió en el Cordero de Dios sin mancha ni arruga. «El pequeño Señor Jesús no lloró»; es decir, no hubo un llanto de irritabilidad, enfado, glotonería, para llamar la atención, por aburrimiento u orgullo, como hacen todos los demás bebés. Él no era como cualquier otro. ¡Cuánta gloria se manifiesta en su venida al mundo!

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El doctor Geoff Thomas es pastor de Alfred Place Baptist Church [Iglesia Bautista Alfred Place] en Aberystwyth, Wales.

1. John Murray, Collected Writings [Colección de sus escritos] (Edinburgh: Banner of Truth, 1977), 2:134.
2. Ibíd., 134-35.
3. Ibíd., 136.