El amor al placer

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J.C. Ryle

La juventud es el momento en que nuestras pasiones son más intensas; y, como hijos revoltosos, gritan más fuerte pidiendo que se les deje vía libre. La juventud es el momento en que generalmente tenemos más fuerza y salud, parece que la muerte es más lejana y que disfrutar de esta vida lo es todo. La juventud es el momento en que la mayoría de las personas tienen escasas preocupaciones y angustias terrenales que ocupen su atención. Y todas estas cosas contribuyen a que los jóvenes no piensen en cualquier otra cosa más que en el placer. “Sirvo a los deseos y placeres”, esa es la verdadera respuesta que debieran dar muchos jóvenes si se les preguntara: “¿A quién sirves?”.

Joven, me faltaría tiempo para contarte todos los frutos que produce este amor al placer y todas las formas en que puede dañarte. ¿Para qué hablar de las juergas, las fiestas, la bebida, el juego, el teatro, el baile y cosas semejantes? Pocos hay que no sepan de estas cosas por amarga experiencia. Y estos solo son ejemplos. Todas las cosas que producen una sensación de emoción momentánea, todo aquello que ahoga el pensamiento y mantiene a la mente en un torbellino constante, todo lo que agrada a los sentidos y es grato a la carne, esta es la clase de cosas que tienen un gran dominio en este momento de tu vida, y su poder procede del amor al placer. Mantente en guardia. No seas como aquellos de los que habla Pablo: “Amadores de los deleites más que de Dios” (2 Timoteo 3:4).

Recuerda lo que digo: si te aferras a los placeres terrenales, estas son las cosas que matan almas. No hay manera más segura de cauterizar la conciencia y tener un corazón duro e impenitente que ceder a los deseos de la carne y de la mente. No parece nada al principio, pero a la larga se note.

Considera lo que dice Pedro: “Que os abstengáis de los deseos carnales que batallan contra el alma” (1 Pedro 2:11). Destruyen la paz del alma, minan su fuerza, la llevan cautiva y la esclavizan.

Considera lo que dice Pablo: “Haced morir, pues, lo terrenal en vosotros” (Colosenses 3:5). “Los que son de Cristo han crucificado la carne con sus pasiones y deseos” (Gálatas 5:24). “Golpeo mi cuerpo, y lo pongo en servidumbre” (1 Corintios 9:27). En un tiempo el cuerpo fue la mansión perfecta del alma; ahora está completamente corrompido y desordenado y exige vigilancia continua. Es una carga para el alma; no un buen acompañante sino un estorbo, no una ayuda. Puede convertirse en un siervo útil, pero siempre es un mal amo.

Considera nuevamente las palabras de Pablo: “Vestíos del Señor Jesucristo, y no proveáis para los deseos de la carne” (Romanos 13:14). “Estas —dice Leighton—son las palabras cuya lectura afectó tanto a S. Agustín que, de ser un joven licencioso, pasó a ser un fiel siervo de Jesucristo”. Joven, deseo que este sea tu caso.

Recuerda nuevamente, que si te aferras a los placeres terrenales, todos son insatisfactorios, vacíos y vanos. Como las langostas de la visión que tenemos en el Apocalipsis, parecen tener coronas en sus cabezas; pero, como esas mismas langostas, descubrirás que tienen aguijones, verdaderos aguijones, en sus colas. No es oro todo lo que reluce. No es bueno todo lo que sabe dulce. No es un placer verdadero todo lo que complace momentáneamente.

Ve y tomo tu porción de placeres terrenales si así lo deseas; tu corazón jamás quedará satisfecho con ellos. Siempre habrá una voz en tu interior que clama, como las hijas de la sanguijuela de Proverbios: “¡Dame! ¡Dame!”. Hay un hueco que solo Dios puede llenar. Descubrirás, como hizo Salomón por experiencia, que los placeres terrenales no son más que un vano espectáculo; vanidad y aflicción de espíritu; sepulcros blanqueados, hermosos a la vista por fuera pero llenos de cenizas y corrupción. Mejor ser sabio a tiempo. Mejor escribir “veneno”en todos los placeres terrenales. El más legítimo de ellos debe utilizarse con moderación. Todos ellos destruyen el alma si les entregas tu corazón5.

Y aquí no tengo reparo en advertir a todos los jóvenes que deben recordar el séptimo mandamiento y cuidarse de todo adulterio, de toda fornicación e impureza de cualquier tipo. Me temo que a menudo falta franqueza al hablar de esta parte de la Ley de Dios. Pero cuando veo cómo han tratado esta cuestión los profetas y los apóstoles; cuando observo la claridad con que la denuncian los propios reformadores de nuestra Iglesia; cuando veo el número de jóvenes que siguen los pasos de Rubén, Ofni, Finees y Amnón; no puedo callarme y tener la conciencia tranquila. Dudo que el mundo sea mejor por el excesivo silencio que rodea a este mandamiento. En lo que a µi concierne, creo que sería una falsa delicadeza y contraria a la Escritura el dirigirse a los jóvenes sin hablar de lo que es “el pecado del joven por excelencia”.

El quebrantamiento del séptimo mandamiento es el pecado que, como dice Oseas, “[quita] el juicio” más que ningún otro (Oseas 4:11). Es el pecado que deja cicatrices mæás profundas en el alma que cualquier otro que cometa el hombre. Es un pecado que mata a miles en todas las épocas y que ha derribado a no pocos santos de Dios en el pasado. Lot, Sansón y David son terribles pruebas de ello. Es el pecado al que el hombre se atreve a sonreír y que suaviza con los nombres de diversión, inseguridad, insensatez y desliz esporádico. Pero es el pecado en el que el diablo se regocija particularmente, puesto que él es el “espíritu inmundo”, y es el pecado que Dios abomina particularmente y declara que “juzgará” (Hebreos 13:4).

Joven, “[huye] de la fornicación” (1 Corintios 6:18) si amas la vida. “Nadie os engañe con palabras vanas, porque por estas cosas viene la ira de Dios sobre los hijos de desobediencia” (Efesios 5:6). Huye de sus oportunidades, de la campañía de aquellos que pueden inducirte a ella, de los lugares donde puedas ser tentado a ella. Lee lo que dice nuestro Señor acerca de ella en Mateo 5:28. Sé como el santo Job: “[Haz] pacto con [tus] ojos” (Job 31:1). Evita hablar de ella. Es una de las cosas que no deben nombrarse siquiera. No se puede jugar con brea sin mancharse. Evita los pensamientos relacionados con ella: resístelos, mortifícalos, ora contra ellos, haz cualquier sacrificio antes que ceder. La imaginación es a menudo el caldo de cultivo donde germina el pecado. Vigila tus pensamientos y habrá poco que temer en cuanto a tus actos.

Extracto de “Pensamientos para jóvenes” por J.C. Ryle. Reservados todos los derechos. Este libro está disponible en Cristianismo Histórico.