Aprendemos la gran importancia de oír bien

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J.C. Ryle

Nadie enciende una lámpara y la cubre con una vasija, o la pone debajo de una cama, sino que la pone sobre un candelero para que los que entren vean la luz. Pues no hay nada oculto que no haya de ser manifiesto, ni secreto que no haya de ser conocido y salga a la luz. Por tanto, tened cuidado de cómo oís; porque al que tiene, más le será dado; y al que no tiene, aun lo que cree que tiene se le quitará. Entonces su madre y sus hermanos llegaron a donde El estaba, pero no podían acercarse a El debido al gentío. Y le avisaron: Tu madre y tus hermanos están afuera y quieren verte. Pero respondiendo El, les dijo: Mi madre y mis hermanos son estos que oyen la palabra de Dios y la hacen (Lucas 8:16-21).

En estos versículos aprendemos la gran importancia de oír bien. Las palabras de nuestro Señor Jesucristo deberían imprimir esa lección profundamente en nuestros corazones. “Mirad, pues, cómo oís”, les dice.

El grado de beneficio que reciben los hombres de todos los medios de gracia depende por completo de la forma en que los utilizan. La oración personal reside en el fundamento mismo de la religión; pero la mera repetición formal de unas cuantas palabras, cuando el corazón está lejos, no hace bien al alma del hombre. Leer la Biblia es esencial para tener un conocimiento cristiano; pero la mera lectura formal de un determinado número de capítulos por obligación, sin un humilde deseo de ser enseñado por Dios, es poco mejor que una pérdida de tiempo. Igual que ocurre con la oración y la lectura de la Biblia ocurre con el oír. No basta con acudir a la iglesia y oír sermones. Podemos hacerlo durante cincuenta años y no ir a mejor, sino a peor. “Mirad, pues—dice nuestro Señor—, cómo oís”.

¿Deseamos saber cómo oír correctamente? Entonces aprendamos tres sencillas reglas. Por un lado, debemos oír con fe, creyendo implícitamente que cada palabra de Dios es verdad y prevalecerá. La palabra de los tiempos antiguos no aprovechó a los judíos, “por no ir acompañada de fe en los que la oyeron” (Hebreos 4:2). Por otro lado, debemos escuchar con reverencia, recordando constantemente que la Biblia es el libro de Dios. Este era el hábito que tenían los tesalonicenses. Recibieron el mensaje de Pablo “no como palabra de hombres”, sino como “palabra de Dios” (1 Tesalonicenses 2:13). Sobre todo, debemos oír con oración, pidiendo la bendición de Dios antes de la predicación del sermón y volviendo a pedir la bendición de Dios cuando el sermón ha concluido. Aquí radica el gran defecto de muchos al oír. No piden bendición y, por tanto, no la reciben. El sermón fluye por sus mentes como el agua por una vasija agujereada y no queda nada.

Tengamos en mente estas tres reglas cada domingo por la mañana antes de ir a escuchar la predicación de la Palabra de Dios. No nos precipitemos a la presencia de Dios descuidada e imprudentemente y sin prepararnos, como si no importara de qué forma lo hacemos. Llevemos con nosotros fe, reverencia y oración. Si nos acompañan estas tres cosas, oiremos de manera provechosa y volveremos con alabanza.

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Extracto de “Lucas 1-10, Meditaciones sobre los Evangelios” por J.C. Ryle. Reservados todos los derechos. Este libro está disponible en Cristianismo Histórico.