¿Por qué perdonar?

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R.C. Sproul

Cuando alguien nos ordena hacer algo, o nos impone una obligación, es natural que hagamos preguntas. La primera pregunta es: «¿Por qué debería?» y la segunda es «¿Quién dice?». El por qué y la autoridad que existe detrás de ese mandato es muy importante con respecto a la cuestión del perdón.

Para poder responder a la pregunta de por qué deberíamos ser gente que perdona, consideremos brevemente la enseñanza de Jesús en el Nuevo Testamento. En el Evangelio de Mateo, capítulo 19, versículo 21 y siguientes leemos el siguiente relato: «Entonces se le acercó Pedro, y le dijo: Señor, ¿cuántas veces pecará mi hermano contra mí que yo haya de perdonarlo? ¿Hasta siete veces?

Jesús le dijo: “No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete. Por eso, el reino de los cielos puede compararse a cierto rey que quiso ajustar cuentas con sus siervos. Y al comenzar a ajustarlas, le fue presentado uno que le debía diez mil talentos. Pero no teniendo él con qué pagar, su señor ordenó que lo vendieran, junto con su mujer e hijos y todo cuanto poseía, y que se le pagara la deuda. Entonces el siervo cayó postrado ante él, diciendo: “Ten paciencia conmigo y todo te lo pagaré”. Y el señor de aquel siervo tuvo compasión, y lo soltó y le perdonó la deuda. Pero al salir aquel siervo, encontró a uno de sus consiervos que le debía cien denarios, y echándole mano, lo ahogaba, diciendo: “Paga lo que debes”. Entonces su consiervo, cayendo a sus pies, le suplicaba, diciendo: “Ten paciencia conmigo y te pagaré”. Sin embargo, él no quiso, sino que fue y lo echó en la cárcel hasta que pagara lo que debía. Así que cuando vieron sus consiervos lo que había pasado, se entristecieron mucho, y fueron y contaron a su señor todo lo que había sucedido. Entonces, llamándolo su señor, le dijo: “Siervo malvado, te perdoné toda aquella deuda porque me suplicaste. ¿No deberías tú también haberte compadecido de tu consiervo, así como yo me compadecí de ti?”. Y enfurecido su señor, lo entregó a los verdugos hasta que pagara todo lo que le debía. Así también mi Padre celestial hará con vosotros, si no perdonáis de corazón cada uno a su hermano”».

En esta parábola, el punto de la enseñanza de Jesús queda claro: el porqué del perdón a los demás está arraigado en el hecho de que hemos sido los receptores de una misericordia y compasión extraordinarias. Todos somos deudores que no pueden pagar sus deudas a Dios. A pesar de todo, Dios ha sido lo bastante misericordioso como para concedernos el perdón en Jesucristo. No es de sorprender que, en el Padre Nuestro, Jesús instruye a sus discípulos para que digan: «Perdónanos nuestras deudas así como nosotros perdonamos a nuestros deudores». Existe un paralelo, un movimiento conjunto de compasión recibido en primer lugar por Dios y que nosotros a nuestra vez llevamos a cabo la misma compasión con los demás. Dios deja claro que si carecemos de esa compasión y abrigamos venganza en nuestro corazón, en lugar de estar dispuestos a perdonar una y otra vez, perdemos el derecho a cualquier perdón que nos haya sido concedido.

De este modo, el fundamento de un espíritu perdonador es la experiencia de la gracia divina. Por gracia somos salvos. Por gracia vivimos, Por gracia hemos sido perdonados. Por tanto, el por qué del perdón es manifestar nuestra propia gratitud por la gracia que hemos recibido. De nuevo, la parábola de Jesús señala a alguien que dio por sentada la gracia que recibió y se negó a actuar de un modo que reflejara la bondad de Dios. ¿Por qué deberíamos perdonar? Sencillamente, porque Dios nos perdona. Añadir al porqué el mandamiento de ese Dios de gracia a que ejercitemos esa gracia a nuestra vez no es algo insignificante.

Cuando consideramos el tema del perdón, sin embargo, también tenemos que hacernos la segunda pregunta: «¿Quién lo dice y bajo qué condiciones tenemos que cumplir este requisito?». Si volvemos nuestra atención a otro evangelio, en Lucas 17 vemos lo siguiente (vv. 1—4):

«Y Jesús dijo a sus discípulos: Es inevitable que vengan tropiezos, pero ¡ay de aquel por quien vienen! Mejor le sería si se le colgara una piedra de molino al cuello y fuera arrojado al mar, que hacer tropezar a uno de estos pequeños. ¡Tened cuidado! Si tu hermano peca, repréndelo; y si se arrepiente, perdónalo. Y si peca contra ti siete veces al día, y vuelve a ti siete veces, diciendo: “Me arrepiento”, perdónalo».

Es importante que nos fijemos muy de cerca en estas directrices de Jesús con respecto al perdón. Con frecuencia, en la comunidad cristiana se enseña que los cristianos tienen el llamamiento de perdonar a aquellos que pecan contra ellos de forma unilateral y universal. Vemos el ejemplo de Jesús en la cruz, pidiendo a Dios que perdonara a aquellos que le estaban ejecutando, incluso aunque no mostraban ninguna señal de arrepentimiento. A través del ejemplo de Jesús, se ha deducido que los cristianos deben siempre perdonar todas las ofensas que se llevan a cabo contra ellos, incluso cuando no se ve arrepentimiento. Sin embargo, lo que podemos deducir en mayor medida y de forma legítima de los hechos de Jesús en aquella ocasión es que tenemos derecho a perdonar a las personas de manera unilateral. Aunque esto pueda ser algo maravilloso, no es algo que se nos ordene. Si contemplamos el mandamiento que Jesús da en Lucas 17.3, donde él dice: «Si tu hermano peca, repréndelo», observemos que la primera respuesta a la ofensa no es perdonar, sino más bien reprender. El cristiano tiene el derecho de reprender a aquellos que cometen un hecho incorrecto contra él. Esa es la base para todo el proceso de la disciplina de la iglesia en el Nuevo Testamento. Si se nos ordenara conceder el perdón de forma unilateral a todo el mundo, bajo cualquier circunstancia, entonces toda la acción de disciplina de la iglesia para reparar los actos incorrectos sería, por sí misma, algo inadecuada. Pero Jesús dice: « Si tu hermano peca, repréndelo; y si se arrepiente… » —aquí es donde el mandamiento se convierte en algo obligatorio—. Si el ofensor se arrepiente, entonces es obligatorio que el cristiano perdone a aquél que le haya ofendido. Si nos negamos a rechazarle cuando el arrepentimiento se haya manifestado, entonces nos exponemos al mismo destino que el siervo que no perdonó. Nos abrimos a la ira de Dios. Si, de hecho, yo ofendo a alguien y luego me arrepiento y le expreso mis disculpas, pero él se niega a perdonarme, entonces las ascuas de fuego caerán sobre su cabeza. Del mismo modo, si no perdonamos cuando alguien que nos haya ofendido se arrepienta de su ofensa, nos exponemos a esas ascuas y nos encontramos en peor situación que aquél que nos ha ofendido. En otras palabras, cuando nos negamos a perdonar a aquellos que se arrepienten por habernos ofendido, estamos cometiendo una transgresión en cuanto a Dios. Esta es la enseñanza de Jesús. Es su mandamiento. Del mismo modo en el que estamos unidos en Cristo, debemos demostrar esa unión extendiendo la misma gracia que él nos da a nosotros.

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