Los fundamentos del día de reposo III

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Alan Dunn

LOS FUNDAMENTOS ONTOLÓGICOS Y ESCATOLÓGICOS DEL DÍA DE REPOSO, O SABBAT III
Adoración: Alan Dunn, Marzo del 2010

LO ANTROPOLÓGICO: EL HOMBRE, IMAGEN DE DIOS

Nuestra identidad básica es la imagen de Dios. Somos réplicas creadas del Dios Creador, constituidas con un ser personal, una condición de sacerdocio real que nos ha sido dada, y hemos sido hechos para ser como Dios. Como imagen Suya que somos, disfrutamos de una relación filial con nuestro Padre-Creador como hijos-criaturas Suyas. Ser creados a imagen de Dios y hechos a semejanza de Él es un lenguaje que describe una relación de filiación (cf. Gn. 5:1-3; Lc. 3:38). No se podría concebir identidad más noble para el hombre. El ser humano es, en sí mismo, una revelación de Dios. No es Dios, sino que es la imagen de Dios, designada para ser como Él en Su creación. Debe representar a Dios y actuar como Él lo hace, gobernando sobre la creación y funcionando en ella de manera a llevarla al descanso prometido de Dios. Como imagen Suya, el hombre no solo es una forma de revelación en sí mismo, sino que es capaz de percibir y recibir Su revelación de obra y de palabra1.

La conducta de Adán quedó determinada por el comportamiento de Dios por cuanto fue creado a Su imagen. Ser la imagen de Dios determinó la naturaleza ética y la obligación de Adán, y la nuestra, para con Dios como Sus hijos-criaturas. Es algo más bien profundamente ontológico e inherente al hecho de que seamos imagen de Dios. Somos seres teológicos: teomorfos. El hombre está hecho para corresponderle a Dios como un hijo lo hace con su padre. La ética es esencial para la filiación ontológica del hombre. El ser humano «debe» ser como Dios por necesidad ontológica, porque esto es lo que justifica que se le den las obligaciones morales de los mandamientos. Se nos ha llamado a ser obedientes, por ser quienes somos ontológicamente. Nuestra esencia misma nos obliga hacia Dios y a las responsabilidades que nos han sido encomendadas (ordenanzas de la creación, ley moral e imperativos neotestamentarios). «La imagen es la ética»2. Pablo declara su ética ontológica en Efesios 5:1, Sed, pues, imitadores de Dios como hijos amados. La ética no consiste tanto en «obedecer esta ley», (aunque obedecerla es algo fundamental para la ética bíblica), sino en «ama a tu Padre y sé como Él».

Esto significa que Adán entendió3 y se comportó de forma receptiva con respecto a la bendición de Dios y Su santificación del día de reposo. «Que Dios santificara el día equivale a Su mandamiento a los hombres para que lo santifiquen»4.

El modo de operación de Dios es el ejemplar sobre cuya base se establece el patrón para la secuencia del hombre. Por tanto, poco lugar a duda hay de que en Génesis 2:3 se haga, al menos, una alusión a la bendición del séptimo día en la semana del hombre; y, cuando lo comparamos más de cerca con Éxodo 20:11, existe una fuerte conjetura a favor de la opinión de que se refiere específica y directamente al día de reposo instituido para el hombre… A la luz de Génesis 2:2, 3 y Éxodo 20:11; 31:17, debemos también suponer que el patrón arquetipo proporcionado por la propia acción de Dios en el ámbito de Su propio trabajo y descanso habrían servido de norma para la labor y el reposo de Adán en el ámbito de su actividad. Cómo se informó a Adán o cómo habría llegado a disponer de esta información, es algo que desconocemos. La suposición más razonable es que la revelación de Adán tomó la forma o habría adoptado el modelo del dato que se expresa en Génesis 2:2-37… Es inconcebible que hubiera ignorado que Dios hizo el cielo y la tierra en seis días, y que el séptimo descansó… De ser así, Adán debió de reconocer el patrón para la vida del hombre implícito en esta secuencia. El principio que gobierna esta ética no es meramente la voluntad de Dios, sin la conformidad al patrón del procedimiento divino. En este caso, Adán debía ser un hijo del Padre celestial… Podemos resumir nuestras conclusiones como sigue. El día de reposo semanal se basa en el ejemplo divino; el modo de proceder divino en la creación determina uno de los ciclos básicos por el cual se regula la vida humana, aquí en la tierra, a saber, el ciclo semanal; esta secuencia de labor repartida en seis días y uno dedicado al descanso se habría aplicado a Adán en el estado de inocencia y en estado de integridad confirmada en el caso de haber superado la prueba; y la suposición más razonable es que la revelación hecha a Adán habría tomado la forma de la revelación que poseemos en Génesis 2:2, 3»5.

Como hijos-imagen de Dios, estamos constituidos como seres que se comunican, capaces tanto de recibir comunicación de parte de Dios, como para comunicarse con él. Es fundamental que entendamos que Adán no solo era capaz de entender la comunicación verbal de Dios, sino que también comprendió, de forma inmediata y precisa, Su comunicación no verbal. De manera innata, Adán interpretó con exactitud tanto la conducta como las palabras de su Padre-Creador como algo éticamente normativo. No solo comprendió la comunicación verbal de Dios en cuanto al «mandamiento de dominio» (Gn. 1:26 ss.) y el mandato verbal con respecto al árbol del conocimiento del bien y del mal (Gn. 2:16-17), sino que también entendió cómo actuar en respuesta a las acciones de Dios. Cuando Dios lo puso en el jardín (Gn. 2:15), entendió Su propósito en este acto divino. Él era la imagen del Obrero-Creador que acabó los proyectos de la creación en el transcurso del tiempo secuencial. La conducta de Dios estableció el principio moral para la labor del hombre. De forma innata, Adán supo por la naturaleza de su ser y su relación con Dios que debía cultivar y cuidar el jardín por el simple hecho de que Dios lo había colocado a él allí (Gn 2:15). Vemos la misma dinámica cuando Dios trajo a los animales (G, 2:19) y también a su ayuda (2:18ss.) idónea. Así como su Padre-Creador llamó y le dio el nombre de Adán a lo que había creado, cuando se ve cara a cara con algo que no tiene nombre, él imita a Dios: le pone nombre6. Es un acto de «jefatura» de inmensa relevancia por parte de Adán, pero nuestro interés está ahora en el día de reposo. Lo que vemos aquí es que Adán actúa rectamente imitando los actos de Dios cuando este lo coloca en las situaciones correspondientes en las que el hombre es imagen divina. Trabaja en el jardín y pone nombre a lo que no lo tiene.

Por su ontología, el hombre7 es ético por definición. Pero su ser es más que eso, su ontología es teológica. Es la imagen de Dios, no «la imagen de la ley». Sus funciones éticas surgen de su identidad teológica. Adán conocía, de forma innata, su propósito ético, porque era la expresión de su naturaleza teológicamente definida. Como imagen de Dios, se creó al hombre para que fuera y actuara como Dios y disfrutara de una relación de filiación. Sí, tenía que madurar como «vicerregente sacerdotal»8, pero no había nada que obstruyera la comunicación de Dios con Su imagen y nada en el hombre que malinterpretara o rechazara lo que Dios comunicaba. En el asunto del día de reposo es fundamental que estemos de acuerdo en que los actos de Dios eran revelatorios junto con Sus palabras.

Ciertamente, Dios es omnipotente y Adán habría vivido conscientemente delante del ojo de Dios durante el curso de su «semana laboral». Por medio de su labor, estaría imitando intencionadamente a su Padre-Creador que trabajó durante la Semana de la Creación. Todo lo que Adán tocó ya llevaba las «huellas digitales» de su Padre, y todo ello revelaba los atributos invisibles de su Padre, Su poder eterno y Su naturaleza divina que Adán vio claramente y que entendió por medio de lo que había sido hecho (Ro. 1:20). Pero su Padre había hecho algo más, después de acabar con Su obra de creación. Santificó el tiempo. Dios convirtió un día en tiempo santo para Su presencia especial y personal. Cuando Dios hizo el día de reposo para el hombre (Mr. 2:27), creó tiempo para estar con (el) hombre. Le dio tiempo al hombre en Su presencia personal. Tim Keller se refiere a una ilustración utilizada por John Frame «para explicar la diferencia entre la adoración corporativa y la adoración con “la vida en su totalidad”. Si sirves al rey en su palacio, lo haces todo el tiempo. Con todo, cuando el rey mismo entra en la habitación en la que tú estás trabajando y tiene una conversación contigo, ciertamente, “tu servicio adquiere un carácter diferente”… se vuelve, en cierto modo, más ceremonial. Te inclinas y recuerdas lo mejor que puedes un lenguaje que rinde homenaje… Algo parecido ocurre en nuestra relación con Dios. Toda la vida es adoración… pero cuando nos encontramos con él sucede algo9. Esto es lo que ocurre en el día de reposo. Somos admitidos en la presencia del Rey. En el día de reposo, Dios mismo viene a comunicarse con (el) hombre. Y este venir a nosotros debe atenderse en nuestra imitación de Él10, nuestra venida receptiva a Él.

¿Adónde fue? Al jardín (Gn. 3:8). «El Jardín del Edén fue el primer templo arquetipo en el que el primer hombre adoró a Dios»11. Gregory Beale correlaciona el Jardín y el Templo. «El templo de Israel era el lugar donde el sacerdote experimentaba la presencia única de Dios, y el Edén fue el sitio donde Adán caminaba y hablaba con Él. La misma forma verbal hebrea (raíz) mithallek (hithpael) que se utilizaba para el «caminar de un lado a otro» de Dios en el jardín (Gn. 3:8), también describe la presencia de Dios en el tabernáculo (Lv. 26:12; Dt. 23:14 [15]; 2 S. 7:6-7)»12. La labor de Adán en el jardín era una labor sacerdotal. En sí, el término cultivar se refiere al trabajo agrícola, pero en emparejamiento de cultivar y cumplir describe el «“servicio” a Dios y el “guardar [cumplir] Su palabra por parte de Israel, o a sacerdotes que “cumplen” el “servicio” (o “cargo”) del tabernáculo (ver Nm. 3:7-8; 8:25-26; 18:5-6; 1 Cr. 23:32; Ez. 44:14)»14. Es significativo que Dios pusiera al hombre en el jardín. Moisés no utiliza el término habitual para «poner» (‘sum), sino el sabático «reposar» (nuach) . Este vocablo conlleva la idea de ser colocado y situado de una forma segura y, más tarde, el Señor lo utiliza para colocar a Israel en la tierra. La seguridad de ese lugar no se debe a su ubicación geográfica, sino a la presencia del Señor que mora con Israel en la tierra. La situación de la morada de Su pacto era el templo, el lugar de reposo de Dios (Sal. 132:7-8, 14; Is. 66:1 donde el término se halla en una forma nueva). Parecería que Adán trabajó en el jardín para prepararlo para la llegada de Su Padre-Creador, que, cuando viniera, lo elevaría a la comunión consigo mismo, a un tiempo ahora santificado por Su presencia, en un lugar preparado por la labor sacerdotal-principesca: el Jardín-Templo de Dios. La esperanza de Adán debía obtenerse una vez acabada la labor que le había sido encomendada, es decir, cuando por medio de su trabajo sacerdotal, y su vicerregencia, hubiera transformado toda la creación en el Jardín-Templo de Dios15. Dios mismo moraría con los hombres en ese Jardín-Templo y, por Su presencia, el tiempo pasado allí sería ipso facto un tiempo santificado, escatológico, el tiempo del descanso y el refresco divinos.

Adán debía moverse a través del tiempo lineal, llevando a cabo de forma gradual la tarea encomendada por Dios, y, cada día de reposo semanal, disfrutaría de un anticipo de lo que había más adelante. Una vez cada semana, pasaba de su labor habitual al tiempo santificado en la presencia de Dios y disfrutaba de Sus bendecidoras palabras de bendición. Este don del día de reposo fundaba a Adán en su identidad creadora como imagen de Dios y lo obligaba a actuar del mismo modo en que Dios actuó a lo largo de la Semana de la Creación. El día de reposo le proporcionaba una experiencia de la presencia de Dios mismo. Pero el Sabbat también indicaba un tiempo prometido, un día infinito de tiempo santificado en una elevada intimidad con Dios cuando todo el cosmos se convirtiera, por el reino sacerdotal de Adán, en el templo de Dios. «Dios descansó de Sus tareas, y ahora Adán tenía el deber de seguir el ejemplo de su Padre celestial, llevando a cabo sus propias tareas del pacto de obras, multiplicando la imagen de Dios, extendiendo el templo hasta los confines de la tierra, y entrando al reposo de Dios»16.

Esta es pues, la bendición del día de reposo de Adán y nuestro: la vida vivida con Dios. Como Él, trabajamos para llevar gloria a Dios en nuestra labor, pero cuando Dios mismo viene para darnos tiempo con Él, debemos dejar nuestras tareas para estar con Él, adorarle y disfrutar de Él, recibir Sus palabras de bendición y paz del día de reposo, y ser refrescados, avivados y capacitados por Él para vivir después para Él y ser Su imagen en Su creación como amados hijos Suyos. Para esto fuimos creados y, por esto, el día de reposo se hizo para el hombre, y no el hombre para el día de reposo (Mr. 2:27). Para esto fuimos salvados por el Señor del día de reposo que nos da la bendición del Sabbat, dándose a sí mismo.

LO SOTERIOLÓGICO: HIJOS SANTIFICADOS DE DIOS

La salvación se tipificó en la experiencia de Israel. Como nación, el Israel del Antiguo Pacto fue llevado a una relación con YHWH Dios que equivalía a la de Adán. Las analogías son numerosas; pero que a ese Israel se le diera la adopción como hijos (Ro. 9:4) está relacionado con nuestras preocupaciones sobre el día de reposo. Así como Adán, el hijo creado de Dios, recibió tiempo santificado con Dios, así también Israel, el hijo nacional de Dios recibió tiempo santificado con Dios17. La bendición sotérica que recibió el Israel del Antiguo Pacto fue la presencia de Dios mismo, viviendo con ellos como su Dios. Su presencia para el culto del Antiguo Pacto y, en especial, para la disposición, el mobiliario y la decoración del tabernáculo y posterior templo, evocaban el cosmos creado de Dios y Su Jardín-Templo18. La presencia del pacto del Señor estaba situada en el Lugar Santísimo, sobre el propiciatorio, entre el arco formado por los querubines. Su presencia con Israel fue la que los marcó como un pueblo particular. La bendición de la vida vivida con Dios quedó subrayada en que el Señor convirtió el día de reposo en la señal del Antiguo Pacto (Éx. 31:33). La presencia del Sabbat de Dios era el corazón de la bendición y de la esperanza del Antiguo Pacto. Mi presencia irá contigo, y yo te daré descanso (Éx. 33:14).

Cuando YHWH emitió el cuarto mandamiento, le estaba diciendo básicamente a Israel que hiciera aquello para lo que diseñó a Adán: imitar a Dios como Su hijo-imagen y entrar en el tiempo santificado del Sabbat en comunión con Dios y disfrutar de Su bendición. El cuarto mandamiento volvía a ser un llamado al hijo de Dios para que hiciera lo que Dios hace y para que estuviera con Él. Los hechos de Dios en la creación (Éx. 20:11) y en la redención (Dt. 5:15) formaron el paradigma conductual para que Israel fuera la imagen de YHWH como Su hijo nacional. «El principio subyacente en el día de reposo se formula en el Decálogo mismo. Consiste en esto: que el hombre debe copiar a Dios en el curso de la vida»19. Es una tragedia que tan gran parte del debate en cuanto al cuarto mandamiento se centre en lo que conlleva la cláusula auxiliar: seis días trabajarás y hará toda tu obra, pero el séptimo día es día de reposo para el Señor tu Dios; no harás en él obra alguna. La fijación de lo que significa no trabajar ha oscurecido el imperativo central, y el privilegio esencial, del mandamiento: Acuérdate del día de reposo para santificarlo. Cuando YHWH le dijo a Israel que guardara el día de reposo santo, lo que estaba diciendo en realidad era: «Sé mi imagen. Haz lo que yo hago durante este tiempo santificado de bendición. Encuéntrate conmigo. Vive conmigo. Sé como yo, hijo». Está llamando a Israel a hacer aquello que Él llamó a Adán a hacer: entrar en el tiempo santificado con Dios. Hamilton comenta sobre la gramática de Génesis 2:3, cuando Dios santificó el séptimo día. «Tomo el Piel de qadash como factitivo20, Piel como en Éxodo 20:8: “Acuérdate del día de reposo para santificarlo”»21. Dios santificó el día en la creación; ahora, Israel ha de santificarlo como Dios hizo, entrando en Su bendita presencia del pacto. El día de reposo se dio para bendecir y santificar a los hijos de Dios.

La bendición del día de reposo santificado se lleva a su cumplimiento en el Nuevo Pacto en el Hijo de Dios mismo: Jesucristo. Antes de la resurrección de Jesús, reveló la irrupción de la vida divina, celestial, con calidad de día de reposo. Y no solo debemos ver calidad del día de reposo en Su ministerio22, sino que Él mismo, en Su ser y persona, es la visitación de la vida con calidad del día de reposo a los hombres.

Como Hijo preexistente de Dios, Él «viene de arriba», «no es de este mundo», es el Hombre celestial que vino a la tierra desde ese descanso del día de reposo de Dios que empezó cuando acabó la creación. Él mismo es la verdad y la vida (Jn. 14:6)23. Vos explora el significado de Jesús como la verdad, el verdadero pan, el verdadero vino (Jn. 6:32-33; 15:1). No es como si otras cosas no fueran verdad, o que otro pan u otros vinos sean «falsos», sino que «la diferencia llega a través de una valoración del precio. El término técnico en Juan para marcar el contraste es el de aletheia “verdad”24. Las cosas del mundo sobrenatural poseen la calidad de “cosas verdaderas”… Las cosas verdaderas en esta aceptación joanina específica llevan la verdad inherente en sí mismas como una característica objetiva. Son intrínsecamente verdad. La verdad intrínseca que reside en ellas es exactamente el carácter específico que llevan como parte de la esfera celestial divina»25. La «esfera celestial» es sinónimo de la vida escatológica que tiene una calidad de día de reposo. Vos la llama «esfera divina». «El adjetivo que se usa en tales declaraciones no es la forma corriente “aletes”, sino la más fuerte “alethinos”. Se podría decir que toda la esfera divina está hecha de “alethinities”. La objetividad del concepto se vuelve más evidente cuando se observa que esta verdad celestial está, por así decirlo, condensada, incorporada en el Logos celestial: Él es la verdad, no porque sea veraz y fiable, por supuesto, sino sencillamente porque Él tiene en Sí mismo la realidad del cielo»26. «Cielo» es aquí sinónimo de «día de reposo».

Desde la Caída, el día de reposo es ahora, hasta su consumación en la era venidera, una bendición redentora. El día de reposo escatológico precede (Gn. 2:2-3) y ahora condiciona el Sabbat sotérico por el cual Dios se entrega a los pecadores como su salvador. El día de reposo escatológico tiene primacía sobre la soteriología así como esta es la gracia salvífica de Dios por la cual Él trae a Su pueblo, en Cristo, el segundo Adán, de vuelta a la alineación con Su propósito de creación: glorificarse en Su Hijo en un estado de vida de día de reposo perfeccionada, inmutable y eterna. Cada aspecto de la soteriología es, por tanto, escatológica, y consiste en llevar la vida sabática celestial de Dios al hombre. La naturaleza escatológica de la soteriología es más evidente en la resurrección de Jesucristo. Unidos a Él ya se nos ha dado la vida de calidad sabática: nuestra regeneración es un nacimiento de lo alto (Jn.3:3); nuestra justificación ya es nuestra condición de justicia eternamente legal lograda en la resurrección de Jesús (Ro. 4:25); nuestra definitiva santificación (somos santos) y nuestra santificación progresiva es la manifestación de la presencia y el poder del Espíritu que nos capacita para que la vida escatológica actúe en las perdurables ordenanzas de la creación y en nuestra mayordomía en este siglo. La santidad está, por definición, arraigada en esa santificación original del día de reposo (Gn. 2:2-3). Donde hay santidad, hay vida escatológica con la cualidad del día de reposo. Nosotros, como Jesús y en Él, somos hijos del Altísimo Dios (Lc. 6:35), nuevas criaturas (2 Co. 5:17), que, en la semejanza de Dios, hemos sido creados en la justicia y santidad de la verdad (Ef. 4:24). Estamos vivos en Él que es la imagen de Dios (1 Co. 4:4), el primogénito de toda creación (Col. 1:15). Estamos siendo transformados en la misma imagen de gloria en gloria como por el Señor, el Espíritu (2 Co. 3:18), y tal como hemos traído la imagen del terrenal, traeremos también la imagen del celestial (1 Co. 15:49).

Nosotros, en unión con Cristo, por la vida y el poder de Su Espíritu, por medio de la fe, ¡«ya» vivimos con Dios! «Ya» experimentamos un depósito genuino de la vida con calidad de día de reposo. Pero «todavía no» hemos llegado al final de este siglo. «Todavía no» hemos resucitado ni hemos sido glorificados ni hemos obtenido la plenitud de nuestra herencia prometida como hijos. Como todavía criaturas del tiempo y del espacio, vivimos vidas que siguen condicionadas por las realidades de la creación original, aunque salvada. «Todavía no» estamos en la resurrección cuando el matrimonio ya no existirá (Mt. 22:30) y cuando hayamos entrado en el tiempo glorificado, no santificado, del día de reposo eterno. Hasta ese tiempo, seguimos viviendo en el tiempo de la creación original. Es un tiempo que se mueve de forma lineal hacia la meta de ese tiempo señalado en que Jesús volverá (Hab. 2:3), y liberará a esta creación en la gloriosa libertad de los hijos resucitados y glorificados de Dios (Ro. 8:19-23). Todo esto significa que debemos situarnos en ese esquema de la historia que sigue moviéndose hacia el Iscatón, y, a medida que progresa, se sigue dando la bendición de la presencia de Dios al tener Él comunión con Su pueblo reunido durante el tiempo santificado del Sabbat del Día del Señor.

El pasaje que informa con mayor claridad de nuestro progreso hacia el descanso prometido del Sabbat de Dios es Hebreos 3 y 4. Es el único lugar del Nuevo Testamento donde se cita Génesis 2:2 (He. 4:4). El prometido descanso que está delante de nosotros no es otro que el descanso del Sabbat de la creación original de Dios. El autor nos informa que Israel no logró entrar en el reposo de Dios cuando estuvieron a punto de entrar en la Tierra Prometida en Números 14. Se cita a David, en el Salmo 95, para mostrar que en su época no se había entrado todavía en el descanso de Dios. Pero Jesús sí ha entrado en ese reposo. Él ha ido por delante de nosotros y ahora tenemos que seguirle, corriendo nuestra carrera con los ojos puestos en Él (He. 12:1), manteniendo una cadencia sabática porque queda, por tanto, un reposo sagrado para el pueblo de Dios (He. 4:9). Teniendo ante nosotros la perspectiva de entrar en el Descanso de la Creación de Dios, se endosa de nuevo la lógica del cuarto mandamiento (Gn. 2:2-3). El verbo utilizado en Hebreos 4:9 es hápax legomenon (empleado una sola vez) en el Nuevo Testamento, pero se utiliza cuatro veces en la Septuaginta con el significado de «observando el día del Sabbat» (Éx. 16:30; Lv. 23:32; 26:34-35; 2 Cr.36:21). Hebreos nos dice que nosotros también, en nuestro viaje por el desierto del Nuevo Pacto hasta la Tierra Prometida del reposo de Dios, debemos recorrer nuestro trayecto empleando las mejores bendiciones del Nuevo Pacto: su sacerdote, sus sacrificios, su templo-y su Sabbat, el primer día de la semana. El pasaje es un llamado a perseverar y, como Jesús, correr nuestra carrera y entrar en el reposo de Dios. Jesús es el que ha entrado a su reposo, [y] ha reposado de sus obras, como Dios reposó de las suyas (v. 10). Esforcémonos por entrar en ese reposo (v. 11). De nuevo, se nos motiva a la observancia del día de reposo por la acción de Dios en la creación y, ahora, por Dios Hijo, en Su obra de expiación. Así como Dios acabó Su obra de la creación y entró en Su reposo, Jesús también acabó la obra expiatoria (¡Consumado es! Jn. 19:30) y ha entrado en Su reposo en victoria resucitada y ahora está entronizado en Su templo celestial. Se nos llama a perseverar por fe y acabar nuestra carrera, y, como Jesús que ha ido por delante de nosotros, también entraremos en el reposo de Dios. «Y oí una voz del cielo que decía: Escribe: “Bienaventurados los muertos que de aquí en adelante mueren en el Señor”. Sí —dice el Espíritu—para que descansen de sus trabajos, porque sus obras van con ellos» (Ap. 14:13). Guardar el día de reposo es esencial para una vida de buenas obras que manifiesten el vivir por fe. Vemos aquí la indispensable necesidad de adorar mientras vamos cruzando este desierto. No debemos dejar de congregarnos (He. 10:25). ¿Cuándo? En el Sabbat del Día del Señor.

Si todavía se nos da tiempo santificado para la adoración del Nuevo Pacto, ¿tenemos también un espacio santificado? ¿Dónde nos congregamos? No nos acercamos a Dios como lo hacía el Israel del Antiguo Pacto en el Sinaí. Hemos venido al monte de Sión… la Jerusalén celestial… a Jesús, el mediador del Nuevo Pacto (He. 12:18-25). El templo celestial es el lugar santificado de adoración al que entramos cada Día del Señor, por fe en Jesús. Así como la luz del Sabbat del Día del Señor irrumpe en el mundo, los creyentes se congregan y ejercen su sacerdocio del Nuevo Pacto, ofreciendo sacrificios espirituales de alabanza (He. 13:15; 1 P. 2:5), hechos aceptables por la mediación de nuestro Gran Sumo Sacerdote, Jesús (Ap. 8:3-4). Las voces se elevan primero en los templos vivos de Nueva Zelanda y Australia. Enseguida estalla el coro de alabanza de los creyentes oprimidos en Indonesia y en la iglesia subterránea de China. Las voces rusas se mezclan entonces con las de Asia central y, a continuación llegan las alabanzas de Europa y África. A medida que el día avanza, llega un arrullo cruzando el Atlántico, pero en ese momento llegan las alabanzas de Brasil, Sudamérica, Canadá y el litoral oriental de Estados Unidos. Muy pronto, los estados del centro norteño y el oeste se unen a las multitudes de los que han adorado y siguen adorando al Cordero que está en Su trono (Ap. 5). En el Sabbat del Día del Señor entramos en un tiempo santo y en Cristo Jesús, por fe, nuestra adoración es aceptada en el espacio santo: el palacio celestial del Rey de reyes y Señor de señores, el Señor del día de reposo.

La cadencia sabática de adoración seguirá hasta el fin de los siglos (Mt. 28:20), hasta que Jesús, por Su Espíritu, haya acabado de edificar Su Iglesia. Entonces Jesús vendrá a nosotros y, por el poder de Su omnipotencia, rescatará a Sus dos testigos con semejanza de cordero (Ap. 11), nos resucitará a nosotros, y transformará el cuerpo de nuestro estado de humillación en conformidad al cuerpo de su gloria, por el ejercicio del poder que tiene aun para sujetar todas las cosas a sí mismo (Fil. 3:21). Pablo quería que supiéramos que nuestros cuerpos de resurrección excederán con mucho a este maldito por la muerte: un cuerpo corruptible, sembrado en deshonra y debilidad, un cuerpo natural. El cuerpo de resurrección excederá sin duda a este cuerpo de muerte (Ro. 7:24) este hombre exterior decadente (2 Co. 4:16). Resucitará como un cuerpo incorruptible; en poder, un cuerpo espiritual (1 Co. 15:42-44). Podemos concebir fácilmente que el cuerpo de resurrección es más glorioso que el que ahora tenemos y que es terrenal y natural. Lo inconcebible, sin embargo, es que nuestro cuerpo de resurrección será más glorioso que el de Adán antes de la caída, el cuerpo original. La gloria a la que Jesús nos lleva supera de lejos la gloria sabática que Adán, aun no habiendo caído, hubiera transmitido a su raza. Tras contrastar el cuerpo de resurrección con este cuerpo natural, Pablo compara el cuerpo de resurrección con el cuerpo no caído de Adán y afirma que, en Jesús, obtenemos un estado aún más glorioso que el que habría sido posible a través de Adán. Así también está escrito: El primer hombre, Adán, fue hecho alma viviente. El último Adán, espíritu que da vida (1 Co. 15:45). El cuerpo de su gloria es más maravilloso que el cuerpo que Dios formó originalmente del polvo de esta tierra y al que animó con el aliento de vida (Gn. 2:7). Esta obra vivificante de Dios constituyó al hombre como ser vivo: vivo con la vitalidad del orden de vida de esta creación. Pero el cuerpo de la resurrección será mucho más glorioso. Pertenecerá a un espíritu dador de vida de un orden superior y elevado, imbuido con la vitalidad y la presencia de Dios Espíritu adecuado para vivir en un cosmos resucitado, el Jardín-Templo escatológico de Dios27, en el que Dios será todo en todos (1 Co. 15:28). En la gloria de la vida de resurrección entraremos en el reposo de Dios y el Padre será glorificado para siempre en Su Hijo y en la esposa de este (Ef. 3:20-21).

«Si Cristo nos volviera a poner donde Adán se encontraba en su rectitud, sin pecados y sin muerte, sería una indecible gracia, desde luego, más que suficiente para convertir al evangelio en una bendita palabra. Pero la gracia excede de una forma mucho más abundante que todo esto: aparte de borrar hasta el último vestigio del pecado y de sus consecuencias, nos abre ese mundo más alto a cuyo umbral ni siquiera llegó la comprensión del primer Adán. Y esto no es un mero asunto de grados de bienaventuranza, sino la diferencia entre dos modos de vida; así como el cielo está muy por encima de la tierra, las condiciones de nuestro estado futuro trascenderán aquella del paraíso de la antigüedad»28.

En realidad, estas son cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han entrado al corazón del hombre, son las cosas que Dios ha preparado para los que le aman (1 Co. 2:10). Y, a pesar de todo (v. 11) ¡Dios nos la reveló a nosotros a través del Espíritu!

Estas son las realidades que probamos cuando nos congregamos para adorar en el Sabbat del Día del Señor. Jesús estableció aquel primer día como el día en el cual Él, con la victoria y la gracia de la resurrección, vino y sigue viniendo a Sus discípulos que, por fe, se reúnen e invocan Su nombre. Su presencia hace que el tiempo sea santo y santificado. Se proclama Su palabra de bendición. Se come Su cena29. Su pueblo está alineado con los propósitos de la creación de Dios y aprenden a trabajar y descansar en ese orden muy bueno (Gn. 1:31) en el que fueron hechos para ser imagen de Dios. Pero, como hijos santificados de Dios, creados de nuevo en Cristo y portadores de Su imagen en la redención, Su pueblo saborea ahora la era venidera y aprende a orientar toda su vida a esa meta escatológica que Dios ha señalado: el regreso de Jesús y nuestra entrada a Su reposo sabático. La búsqueda de un mandamiento explícito a este respecto para obligar a la Iglesia a congregarse el domingo es un planteamiento superficial que no llega a palpar la profunda realidad ontológica de quienes somos como imagen de Dios. Él viene a nosotros y, por Su presencia del pacto, santifica el tiempo y nos admite a Su santo espacio celestial. Dios viene a vivir con nosotros y la tierra se transforma en el templo de Dios, habitado por los hijos santificados de Dios. En vista de estas realidades ontológicas y escatológicas, ¿cómo es que no deseamos observar el día de reposo para santificarlo?

Esta es nuestra delicia: Si por causa del día de reposo apartas tu pie para no hacer lo que te plazca en mi día santo, y llamas al día de reposo delicia, al día santo del Señor, honorable, y lo honras, no siguiendo tus caminos, ni buscando tu placer, ni hablando de tus propios asuntos, entonces te deleitarás en el Señor, y yo te haré cabalgar sobre las alturas de la tierra, y te alimentaré con la heredad de tu padre Jacob; porque la boca del Señor ha hablado. Esta es nuestra esperanza: He aquí, el tabernáculo de Dios está entre los hombres, y El habitará entre ellos y ellos serán su pueblo, y Dios mismo estará entre ellos (Ap. 21:3). El vencedor heredará estas cosas, y yo seré su Dios y él será mi hijo (Ap. 21:7). El que testifica de estas cosas dice: Sí, vengo pronto. Amén. Ven, Señor Jesús (Ap. 22:20).

Más artículos en esta serie:

Los fundamentos del día de reposo I
Los fundamentos del día de reposo II

Notas

1. Watke, op. cit. 65. «Ser hecho a imagen de Dios establece el papel de la humanidad sobre la tierra y facilita la comunicación con lo divino». «Un ser humano es teomórfico, hecho como Dios de manera que Él pueda comunicarse con Su pueblo». «Entender que somos hechos a la imagen de Dios es fundamental para entender nuestro destino y nuestra relación con Dio». 63.
2. Greg Nichols, Lectures On The Doctrine of Man (Trinity Ministerial Academy, Trinity Baptist Church, Montville, NJ. 1984). Reflexionar en esta frase tan significativa ha abierto perspectivas panorámicas a la antropología, la ética, la cristología, la soteriología y la escatología.
3. Kevan, Ernest, Moral Law (Escondido, Calif.: Den Dulk Christian Foundation, 1991), 30. «La ley de la naturaleza se revela a sí misma en las impresiones religiosas comunes que se hallan por todas partes en el hombre. Como los primeros principios o axiomas de la ciencia, no se puede alegar razón alguna para ellas: se reconoce que se manifiestan por sí mismas. Hay que admitir, sin embargo, que la ley de la naturaleza existía de un modo distinto en Adán que en su posteridad. En él era perfectamente conocida, pero lo que hoy encontramos en los hombres no es más que una mera sombra de aquello. En el principio, a Adán se le dio toda la ley de la naturaleza, que contenía una conciencia perfecta de la voluntad de Dios; y, aunque se le dio el regalo posterior de una ley positiva, para probar su obediencia, esto no invalidó ni sustrajo en modo alguno de la validez y la relevancia de su primera dotación de la ley de la naturaleza. En el principio mismo, Adán fue hecho según la imagen de Dios, en justicia y santidad; de otro modo, se le habría desposeído de la luz de la razón y no habría tenido conciencia alguna».
4. Bush, Ibíd., p. 48. «Es por medio de este término como se expresa la designación positiva del Sabbat como un día de reposo para el hombre. Que Dios santificara ese día equivale a Su mandamiento a los hombres para que lo santificaran».
5. Murray, John, Principles of Conduct: Aspects of Biblical Ethics (Grand Rapids: Eerdmans, 1977), 31-34.
6. La obra de creación de Dios se lleva a cabo por Su palabra y por Sus hechos. Dios dijo («amar»), y, por decreto, da vida a la creación ex nihilo. A lo que Él creó entonces, Él le dio nombre, lo llamó (qara). Adán no «amar» sino que, como su Padre-Creador, hace «qara» cuando da nombre tanto a los animales como a la mujer.
7. Estoy usando «hombre» en el género inclusivo, como hace Moisés en Gn. 5:2. Varón y hembra los creó, y los bendijo, y los llamó Adán el día en que fueron creados.
8. Beale, G.K. The Temple and the Church’s Mission: A Biblical Theology of the Dwelling Place of God (Nueva York: InterVarsity, 2004), 68.
9. Keller, Timothy J. «Reformed Worship in the Global City”, D. A. Carson ed. Worship by the Book (Grand Rapids: Zondervan, 2002), 205.
10. Calvino, Juan, Calvin Commentaries, (Grand Rapids, Mich.: Baker, 1979), 106-107. «Por tanto, Dios descansó primero, después bendijo ese descanso, para que en todas las épocas pudiera ser sagrado entre los hombres: o dedicó cada séptimo día al descanso, para que Su propio ejemplo pudiera ser una regla perpetua… No es un ligero estímulo el que da el propio ejemplo de Dios y el precepto en sí mismo se convierte, por este medio, en algo afable, porque Dios no puede atraernos de un modo más amable o incitarnos de una manera más efectiva a la obediencia, que invitándonos y exhortándonos a la imitación de Sí mismo». Soy consciente de la incoherencia de Calvino en sus opiniones escritas sobre el día de reposo. (Cf. Gaffin, Richard B. Calvin and the Sabbath, Fearn, Ross-shire: Mentor, 1998).
11. Beale, G.K., Ibíd. 66.
12. Beale, G.K., Ibíd. 66.
13. Beale, G.K., Ibíd. 67.
14. Beale, G.K. op. cit. 69-70.
15. Beale, G.K. op. cit. 70. «Adán tenía que empezar a reflejar el descanso soberano de Dios… y… lograr un “descanso” consumado, después de haber acabado su tarea de “cuidar y guardar “el jardín”».
16. Fesko, op. cit. 184.
17. Éx. 4:22, Así dice el Señor, “Israel es mi hijo, mi primogénito”. Os. 11:1: Cuando Israel era joven yo lo amé y de Egipto llamé a mi hijo. La bendición epítome de Dios a Adán, Su hijo-creación fue el don de Sí mismo en el día de reposo; así también, Su presencia del día de reposo era la bendición epítome dada a Israel, Su hijo-redimido nacional.
18. Longman, Tremper op. cit. y Beale, G.K. op. cit.

Obras citadas

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