Jesús y la Ley

Inicio » Reflexiones » Ley » Jesús y la Ley


031220151247N.D. Vater

“Sacrificio y ofrenda no te agrada; Has abierto mis oídos; Holocausto y expiación no has demandado. 7 Entonces dije: He aquí, vengo; En el rollo del libro está escrito de mí; 8 El hacer tu voluntad, Dios mío, me ha agradado, Y tu ley está en medio de mi corazón” (Salmo 40:6-8).

Introducción

En las grandes confesiones reformadas y en los catecismos basados en ellas, hay un lugar importante dado a la ley y a la enseñanza sobre los 10 mandamientos. ¿Tenían razón los autores de esos documentos? Las iglesias evangélicas en general, y aun muchas iglesias llamadas reformadas, se han desviado poco a poco de esta enseñanza. Además de lo que se llama “antinomianismo” clásico, hay hombres que creen en la gracia soberana pero que han tomado una posición en relación a la ley que no refleja la posición histórica de las iglesias evangélicas y reformadas. La llaman “teología del nuevo pacto”. Sin embargo hay razones bíblicas y bien Cristo-céntricas que apoyan fuertemente la posición histórica que nuestra confesión y nuestro catecismo presentan. Por esas razones debemos considerar este tema porque guarda una relación importante para la vida cristiana.

Sabemos por Hebreos 10:5ss que estos versículos 6-8 del Salmo 40 hablan del Señor Jesucristo. Los versículos de nuestro texto presentan el entendimiento y compromiso de nuestro Señor en su venida para redimirnos.

Mi deseo es dirigir su atención a este glorioso, único e incomparable Señor Jesucristo en su relación a la ley de Dios. Vamos a observar en primer lugar su actitud hacia la ley, y luego probar que es necesario que tengamos la misma actitud de Jesús hacia la ley, y finalmente ver cómo podemos tener esa actitud.

I. Cómo Cristo vio la ley. Es decir, su actitud hacia la ley.

Cristo vio la ley como la voluntad de Dios que Él vino para cumplir (Sal 40:6-8). Estaba escrita en su corazón, en su interior (Sal. 40:8).

El Señor Jesucristo no tuvo pecado alguno. Por definición, el pecado es la transgresión de la ley (1 Juan 3:4). Por lo tanto, Jesucristo nunca violó ninguna ley de Dios.

Tenemos que creer que era su deleite hacer la voluntad de Dios y cumplir la ley, por varias razones. Eso agrada al Padre (Salmo 40:6-8); la ley es santa como Dios es santo, y el mandamiento es como Él es, santo, bueno y perfecto (Romanos 7:12). En guardarlos hay grande galardón (Salmo 19:11). Cristo conocía perfectamente la felicidad del Salmo 1, no porque sintió que simplemente tenía una obligación que cumplir, sino porque la ley era su deleite. Pudo decir con el salmista las palabras del Salmo 119:97, porque fue su Espíritu el que conmovió al salmista.

En Mateo 5:17ss tenemos su declaración sobre la ley, y su Sermón del Monte la sostiene, dando la verdadera interpretación de esta y exponiendo las falsas explicaciones. En ningún momento Jesús socava, quita, cambia o reemplaza la ley moral, sino más bien la sostiene y la magnifica.

II. Debemos tener el mismo amor y actitud de Cristo hacia la ley.

A. Cristo vino para salvarnos de nuestros pecados, Mateo 1:21. Nadie es salvo de sus pecados si todavía anda en desobediencia a la ley (1 Juan 3:1-9). Si el pecado le tiene esclavizado, no es salvo del pecado; si vive conforme a sus deseos, no es salvo.

B. Dios nos predestinó para que fuésemos hechos conformes a la imagen de su Hijo (Romanos 8:29 et al), pero no habrá conformidad a esa imagen a menos que tengamos la misma actitud hacia la ley que Él tiene. La mente del creyente, aun en sus luchas, es: “según el hombre interior me deleito en la ley de Dios” (Romanos 7:22).

C. Pablo quiso ver a Cristo formado en los gálatas (Gálatas 4:19). Si no somos semejantes al Señor en esto también, ¿cómo puede estar formado Él en nosotros?

D. Según Tito 2:14, Cristo murió para redimirnos de toda iniquidad. La iniquidad encierra inconformidad interna hacia la ley, rebelión contra la ley y violación de la ley. Sin amor a la ley, y sin obediencia a la ley, la salvación en Cristo no será realizada. Ahora, entiendan bien, NO SOMOS SALVOS POR OBEDECER, SINO SOMOS SALVOS PARA OBEDECER (Ro. 6:16-18; Ef. 2:8-10).

III. ¿Cómo podemos tener el amor hacia la ley que Cristo tiene?

A. No tenemos esta actitud por nuestra naturaleza. No podemos tenerla por nuestra naturaleza (Romanos 8:7). Es imposible para un hijo de Adán cumplir perfectamente la ley de Dios. La ley expone el pecado, condena el pecado y no da ningún poder o ayuda a nadie para librarlo. Es como una regla que no puede fabricar nada, o un semáforo que no puede detener o hacer correr un vehículo.

La ley siempre será un yugo insoportable, y causa de irritación, mientras que un hombre esté en esta condición. Entonces volvemos a nuestra pregunta, ¿Cómo podemos tener el amor hacia la ley que Cristo tiene?

B. Tenemos que estar unidos a Cristo (2 Co. 5:17; Ro. 8:1). Al estar en Él, suceden dos cosas.

1. Gozamos del privilegio de no estar condenados por la ley, ni bajo el dominio del pecado, porque tenemos la misma relación con la ley que Cristo tiene. La ley no puede condenar a Cristo, y no puede condenar a los que están en Él, porque Él satisfizo todas las exigencias de la ley. De manera que ya no estamos bajo la ley.

2. Recibimos el Espíritu Santo, el Espíritu de Cristo. Amamos lo que Él ama, y aborrecemos lo que Él aborrece. Somos nuevas criaturas, nacidos de nuevo. Todo es nuevo. La ley del Señor (que, según el nuevo pacto, Dios pone… en la mente… y la escribe sobre el corazón, Hebreos 8:10) nos encanta y nos sirve de guía. Nos sentimos infelices al ver la corrupción que queda en nosotros, sentimos nuestra falta de poder en nosotros mismos, y podemos ver lo que el Señor ha hecho para librarnos de la muerte y para que la justicia de la ley se cumpla en nosotros, ya que no somos condenados. Notemos bien que la justicia de la ley se cumple en nosotros como creyentes justificados (no condenados). Ya que no somos condenados, la justicia se puede cumplir en nosotros, no por la carne, sino por el Espíritu (Romanos 8:1-4).

Antes de ser nuevas criaturas en Cristo la ira de Dios estaba sobre nosotros, y no había en nosotros amor hacia Dios. Hechos nuevos, no hay ira, ni condenación, y hay amor hacia Dios y hacia su ley. Antes de estar en Cristo la ley nos condenaba y no amábamos la ley, pero salvados de su condenación, vemos en la ley el reflejo de nuestro Dios y Salvador, y la amamos y honramos.

Aplicación:

Por lo que vemos aquí, en Romanos 8 tenemos la explicación de aquellos versículos que dicen que no estamos bajo la ley, sino bajo la gracia. No estamos bajo la ley como pacto de obras para ser justificados, y/o como algo que nos condena. Pero en Cristo estamos relacionados a la ley como aquello que nos guía, nos instruye, es nuestro deleite, etc. (1 Corintios 9:20, 21).

Por lo tanto, nadie debe tener o mantener la creencia de que el creyente no tiene una relación con la ley moral de Dios. El poner la ley en oposición al amor como muchos quieren hacer es una idea peligrosa e ignorante. “Ama y haz lo que quieres” es una declaración que no considera que el amor en sí es ciego. ¡Cuántas violaciones de la ley santa de Dios se han cometido en el nombre del amor! Por “amor” a Dios, Saulo perseguía a los cristianos; por “amor” a otra mujer los hombres han violado sus votos y han cometido adulterio; y así por el estilo.

Además, nadie debe temer la idea de la ley, o de la obediencia, o del deber, etc. Lo que debemos temer es no tener el Espíritu de nuestro Redentor. Él sabía que Dios había creado a los hombres felices a su imagen, y su ley estaba dentro de ellos. Dios es santo y Dios es feliz. Solamente seremos felices al ser santos como Él. Su ley es la guía hacia la santidad. Nadie estaba más lleno de puro y santo gozo que Cristo. Aun en la noche cuando fue entregado dijo, “Estas cosas os he hablado, para que mi gozo esté en vosotros, y vuestro gozo sea cumplido” (Jn 15:11).

La mente espiritual se ocupará de la justicia de la ley, no exclusivamente de eso en sí (porque todas las Escrituras en las manos de Cristo tienen que ocuparnos), pero la ley moral, los 10 mandamientos en particular, no estarán ausentes de su contemplación, porque por la ley entenderemos la justicia de Cristo, y los requisitos del amor, y a qué nos ha restaurado Dios, haciéndonos nuevas criaturas en Cristo. Y tendremos otros beneficios también, como aprender la humildad y la gratitud, porque siendo nosotros débiles y aun enemigos, Cristo nos redimió y nos dio su Espíritu Santo, transformándonos.

Y ahora, a ustedes que no están sujetos a la ley de Dios, que no pueden estar sujetos a la ley de Dios, que están dominados por los designios de la carne, vengan conmigo a la cruz de Cristo, y miren. Allí está la esperanza, al estar unido a Aquel que murió allí. Creyendo en Él, confiando por completo en Él para ser salvos de los pecados y de las horrendas consecuencias eternas de estos, recibirán perdón y vida.

Infeliz, miserable, no te quedes allí comiendo con los cerdos. Haz como el hijo pródigo, “Me levantaré e iré a mi padre, y le diré, Padre he pecado…” Sé como la mujer pecadora que, sabiendo sus muchísimos pecados, derramó lágrimas sobre los pies de Cristo. Tomó ese pelo largo con que había seducido a muchos, y secó sus pies. Con los labios que en pecado había besado a muchos, ella besó los pies de Cristo. Con el perfume que había perfumado el lecho de sus fornicaciones, ungió los pies de Cristo. Y ¿por qué? Porque creyó que por Él había perdón, y le amó (véase Lucas 7:36-50).

El Señor Jesucristo bautiza en el Espíritu a los que creen. Por fe en Él recibirás el Espíritu que te transformará. Y las cosas que una vez para ti eran locura y tropiezo, serán las cosas más sabias y poderosas que has sabido en tu vida. Amarás a Jesucristo y a su Palabra, y los mandamientos serán para ti el camino de amor, de libertad y de santidad hacia la gloria por tu unión con Cristo y por esa mente espiritual que has recibido por la gracia de Dios. Los mandamientos no serán gravosos como son ahora, sino que podrás decir con los santos de antes: “¡Oh cuánto amo yo tu ley! Todo el día es ella mi meditación”. Tendrás la semejanza del Señor.

Derechos reservados, usado con permiso.