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Meditaciones Salmo 119

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Hazme resurgir de mi idolatría (Sal. 119:37)
24 / 08 / 2012

Aparta mis ojos de mirar la vanidad,
Y vivifícame en tus caminos (Sal. 119:37).

La idolatría es el problema; la vivificación es la respuesta. Esta inspirada petición descansa sobre esa presuposición y la confirma. Leer más




Señor, vuélveme a ti y no a los ídolos (Sal. 119:36)
24 / 08 / 2012

Inclina mi corazón a tus testimonios
Y no a la ganancia deshonesta (Sal. 119:36).

Se dé usted cuenta o no, su corazón se halla por completo en las manos de Dios y, por decirlo de algún modo, Él hace con él lo que le plazca. Esto es cierto con respecto a todo el mundo, ya sea que se conviertan en objeto de su misericordia o de su ira y, con todo, esto no destruye ni en lo más mínimo nuestra responsabilidad moral.
Esta confesión de la absoluta soberanía de Dios, incluso sobre el estado moral y las acciones de todas las personas, queda implícito en la oración del salmista. El reconocimiento de la soberanía absoluta de Dios tiene las implicaciones más prácticas en lo que le pedimos a Dios para nosotros mismos.

Deberíamos orar y pedir estar inclinados hacia Dios. Leer más




Gracia irresistible (Sal. 119:35)
24 / 08 / 2012

Hazme andar por la senda de tus mandamientos,
porque en ella me deleito (Sal. 119:35).

Quiero tener un reconocimiento inmediato para A.W. Pink por el impresionante título de nuestra meditación1 que centra nuestra atención en el hecho de que:

Hasta los verdaderos santos necesitan la gracia irresistible

UNA PRUEBA DE SANTIDAD

Consideremos la primera línea del versículo en primer lugar: “porque en ella me deleito”, es decir no solo “tus mandamientos” sino “la senda de tus mandamientos”, ese piadoso patrón de vida que estos recomiendan. Hay que reconocer que las leyes inspiradas de la divina justicia son hermosas por sí mismas, porque reflejan la gloria de su Autor y su inefable santidad. Pero una mera admiración especulativa por la Palabra de Dios no es la prueba de una conversión. Incluso los filósofos del mundo se han visto obligados a confesar la excelencia moral de la ética que Jesús enseñó pero, a pesar de ello, estos filósofos no son santos porque no tienen un corazón que ama a Dios, cómo Él les pide. Del mismo modo, ser capaz de aprobar sinceramente la fidelidad de una predicación sana no es una razón suficiente para tener la seguridad de la salvación.
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Emparejamientos espirituales (Sal. 119:34)
24 / 08 / 2012

Dame entendimiento para que guarde tu ley
y la cumpla de todo corazón (Sal. 119:34).

Para progresar correctamente a la hora de captar el mensaje de la Biblia debemos aprender a reconocer aquellas cosas que van siempre emparejadas y, entonces, dejar de intentar dividirlas. Un ejemplo: el pacto de Dios y su fidelidad; el tipo y el cumplimiento; estos son solo dos muestras de lo que podría llegar a ser una lista exhaustiva. En nuestro texto, el salmista une tres parejas que nosotros no debemos jamás divorciar en nuestra propia mente. El intento de separar estas cosas ha llegado a ser la ruina de innumerables almas y destruirá muchas más si el Señor sigue empleando su paciencia hacia los pecadores. Leer más




Cómo consiguen los santos sus alas (Sal. 119:33)
24 / 08 / 2012

Enséñame, oh SEÑOR, el camino de tus estatutos,
y lo guardaré hasta el fin (Sal. 119:33).

Existe un dicho muy conocido que dice: “bien está lo que bien acaba” y en las Escrituras encontramos su contrapartida. En el libro de Eclesiastés encontramos: “Mejor es el fin de un asunto que su comienzo […]” (Ec. 7:8). Este tópico se verá de una forma más maravillosa en el reino espiritual cuando el fin de la obra salvífica de Dios, en infinidad de pecadores, surgirá para alabanza pública y eterna de su gracia y su poder.

¡Alégrate, pues, pobre cristiano! “Mejor es el fin de un asunto que su comienzo”. ¡Contempla ese gusano que se arrastra, con una apariencia tan despreciable! Es el comienzo de algo. Dale a ese insecto unas alas espléndidas e imagínatelo jugueteando bajo los rayos del sol, libando en las campanillas de las flores, lleno de felicidad y vida. ¡Ese es el final del asunto! Esa oruga nos representa a nosotros mismos hasta el momento en el que nos vemos envueltos en la crisálida de la muerte. Pero cuando Cristo aparezca, seremos como Él es porque le veremos tal y como es (cf. 1 Jn. 3:2). Debemos conformarnos con ser, como este insecto, gusano y no hombre para que cuando nos despertemos a la semejanza de Cristo, nos sintamos satisfechos de ser como Él1. Leer más




Gracia para obedecer con todo mi corazón (Sal. 119:32)
24 / 10 / 2006

Por el camino de tus mandamientos correré,
porque tú ensancharás mi corazón (Sal. 119:32).

La gracia es el favor de Dios, por medio de Cristo, hacia aquellos que no se lo merecen. Necesitamos gracia para convertirnos. Los cristianos son aquellos que han “creído por medio de la gracia” (cf. Hch. 18:27).

“Fue la gracia la que trajo el temor a mi corazón,
Y la gracia mis temores quitó;
Cuán preciosa fue esa gracia
En el primer momento que creí.1

Habiéndose convertido, los creyentes siguen dependiendo completamente de la gracia soberana únicamente para poder exhibir la presencia y el ejercicio de cada una de las virtudes, par cada latido santo de su corazón regenerado y cada acción correspondiente al cuerpo. Tenemos una gran necesidad de “seguir en la gracia de Dios” (cf. Hch. 13:43). Por consiguiente, oramos pidiendo gracias para nosotros y los unos para los otros, como Pablo: “Ahora os encomiendo a Dios y a la palabra de su gracia, que es poderosa para edificaros y daros la herencia entre todos los santificados” (Hch. 20:32). Leer más




Humilde perseverancia (Sal. 119:31)
10 / 10 / 2006

Me apego a tus testimonios;
SEÑOR, no me avergüences.

La vida cristiana comienza con una decisión basada en los principios de creer y obedecer la Palabra de Dios, como confiesa el propio salmista en el versículo anterior: “He escogido el camino de la verdad; he puesto tus ordenanzas delante de mí” (Sal. 119:30). ¡Magnificad la gracia que cambió por primera vez vuestros corazones para hacer esta santa elección, hermanos! Muchos siguen caminando como enemigos de Cristo (cf. Fil. 3:18) y vosotros no sois más dignos del favor de Dios que ellos. Leer más




Discipulado deliberado (Sal. 119:30)
12 / 09 / 2006

He escogido el camino de la verdad;
He puesto tus ordenanzas delante de mí.

Pensar y vivir como seguidor de Jesucristo implica una decisión muy deliberada y perseverancia intencionada, aunque esas actividades espirituales del alma son fruto de una fe dada por Dios. Los creyentes saben de ellos mismos que “Dios es quien obra en vosotros tanto el querer como el hacer, para su beneplácito” (Fil. 2:13). Esta verdad no anula la voluntad ni la acción del creyente, sino que la afirma y la capacita. Dios obra en usted el querer (original: intención, deseo) Su beneplácito y, de esta manera, usted realmente lo desea aunque no tuviera ningún anhelo en esa dirección antes de que Él obrara en usted para crear ese deseo. Dios obra en usted para que usted haga (original: trabajar, llevar a cabo) Su beneplácito, y así usted realmente lo hace aún cuando antes no ha tenido éxito en esas buenas obras, antes de que Él actuara en usted para lograrlo. Leer más




¡Oh, el camino de la mentira nunca más! (Sal. 119:29)
29 / 08 / 2006

Quita de mí el camino de la mentira,
Y en tu bondad concédeme tu ley.

Todo el mundo miente, o al menos eso es lo que parece. Seguramente todos sufrimos grandes tentaciones de mentir, y algunas veces cedemos a ello. Sin embargo, así como con todos los demás pecados, en esto hay dos tipos de personas. Algunos son esclavos de la mentira y nunca se arrepienten realmente. Deliberadamente y también sin pensar demasiado al respecto, utilizan las mentiras en su vida diaria porque creen que es más fácil y que les aportará más felicidad. Están en paz con la mentira, incluso la defienden como algo correcto y necesario bajo ciertas circunstancias. El otro tipo de personas está orientado hacia la verdad. Odian la mentira incluso cuando están luchando contra este pecado en su propia vida. Una de las armas más importantes de su arsenal contra la mentira es la oración. Por cierto, el primer grupo está perdido (Ap. 2:.8) y solo los verdaderos cristianos están en el segundo. Leer más




Oración en la oscuridad (Sal. 119:28)
15 / 08 / 2006

De tristeza llora mi alma;
Fortaléceme conforme a tu palabra (versión Biblia de las Américas)

Se deshace mi alma de ansiedad;
Susténtame según tu palabra (versión Reina Valera 1960)

Los verdaderos cristianos pueden tener el mismo tipo de tristezas que los no creyentes. La religión “happy-clappy (de gozo y palmas)” tan popular hoy en día ha negado esto y fomenta expectativas poco realistas de la experiencia cristiana. Lo que puede sorprender incluso a los creyentes más firmes ya que, en algunos aspectos, los verdaderos cristianos son vulnerables a tristezas más profundas que los inconversos. El puritano Thomas Manton pone especial cuidado en demostrar esto en su sermón sobre nuestro texto:

Los hijos de Dios están a menudo bajo el ejercicio de tristezas tan profundas y estresantes como no podrán tener nunca las demás personas […] Las razones para esto es 1) sus cargas son mayores (p. ej. tentación, deserción, castigo por los pecados), 2) tienen una mayor sensibilidad de alma que los demás (porque tienen un entendimiento espiritual más claro junto con sentimientos más delicados y tiernos), y 3) tienen más expectativas de bendiciones, y por lo tanto sienten más preocupación por no disfrutarlas.1 Leer más




Alabanza inteligente (Sal. 119:27)
1 / 08 / 2006

Hazme entender el camino de tus preceptos,
y meditaré en tus maravillas (Sal. 119:27).

Nuestra generación sufre por un exceso de información y una escasez de meditación profunda. Incluso en medio de tecnologías explosivas y quizás, hasta cierto punto, a causa de éstas hay una fuerte corriente oculta de anti intelectualismo. Sin un arduo esfuerzo para evitar las distracciones crónicas del omnipresente teléfono móvil, emails, iPods, portátiles en zonas WiFi, junto con los demás medios de comunicación más antiguos como la televisión por cable, radio y periódicos podemos sufrir de una sobrecarga de información. Esta anula cualquier tiempo importante y la energía mental para dedicarse a meditar en las cosas profundas de Dios, mientras que nuestra amplia y superficial de incontables cosas triviales nunca ha sido mayor.
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Conversación con Dios (Sal. 119:26)
25 / 07 / 2006

De mis caminos te conté, y tú me has respondido;
enséñame tus estatutos (Sal. 119:26).

La intimidad requiere comunicación. Usted no puede conocer realmente a alguien, y no pueden conocerle a usted profundamente, sin “dialogo”, la forma de hablar de dos sentidos, dar y tomar, de hablar sinceramente y escuchar con atención cada uno con el otro.

Solo esto constituye la auténtica conversación y en el mundo hay bien poco de esto. a menudo decimos cosas que realmente no pretendemos. A veces nos guardamos nuestros verdaderos pensamientos y sentimientos cuando deberían revelarse. Cuando parece que estamos escuchando, podemos estar planeando que es lo próximo que vamos a decir. Y si llegamos al punto en el que estamos dispuestos a hablar con total honestidad y escuchar con humilde paciencia, ¡qué raro es encontrar a otro que esté dispuesto a hacer lo mismo! ¿Hay alguna duda de que a menudo estamos tan terriblemente separados de los demás, a veces incluso de nuestros familiares más cercanos que viven en la misma casa con nosotros, que nos encontramos profundamente solos? Leer más




Mi necesidad y los medios para un avivamiento personal (Sal. 119:25)
11 / 07 / 2006

Postrada está mi alma en el polvo;
vivifícame conforme a tu palabra (Sal. 119:25).

Unas de las evidencias que satisface a los cristianos sinceros acerca de la inspiración divina es su “luz y poder […] para confortar y levantar a los creyentes para salvación” (WLC 4). Cuando se entiende correctamente, la descripción bíblica de lo que significa conocer a Dios de una forma salvadora en la vida real, tener comunión con él y servirle, encaja exactamente con la experiencia de sus lectores en todas partes y en todo lugar. Nacemos de nuevo con una ilusión entusiasmada por nuestra nueva vida con Cristo, y luego sufrimos terriblemente cuando nuestras expectativas poco realistas no se cumplen. Esto nos conduce a menudo de regreso a las Escrituras y, para nuestra sorpresa, encontramos que nuestras propias experiencias no son extrañas, sino muy típicas, incluso en la vida de los santos más eminentes de los que se hace una crónica en el santo registro. Leer más




Doble sostén al estar en persecución (Sal. 119:24)
4 / 07 / 2006

También tus testimonios son mi deleite;
Ellos son mis consejeros (Sal. 119:24).

El salmista acaba de testificar sobre las terribles circunstancias a las que se enfrentó: “Príncipes” o gobernantes, gente con poder sobre él humanamente hablando, se “sentaron y hablaron contra” él (119:23), conduciéndole al “oprobio y el desprecio” (119:22). Las palabras hostiles, que proceden especialmente de nuestros superiores (ya sean autoridades civiles, empleados, maestros, padres, etc.), pueden desmoralizarnos y causarnos confusión con respecto a cuál sería nuestra mejor respuesta. Incluso el que es inocente puede sentir una falsa vergüenza, como si hubiera hecho algo terrible, y esto puede provocar un profundo y gran dolor espiritual, sobre todo a aquellos que son más sensibles espiritualmente. Además, saber lo que debemos hacer frente a tales enemigos es mucho más complicado que cuando estamos viviendo cómodamente, en medio de personas piadosas que buscan nuestros mejores intereses. ¿Cómo puede escapar el creyente a esos peligros comunes de ser perseguidos? Leer más




Gran oposición y su remedio (Sal. 119:23)
27 / 06 / 2006

Aunque los príncipes se sienten y hablen contra mí,
tu siervo medita en tus estatutos (Sal. 119:23).

La mayoría de nosotros nos sentimos heridos cuando alguien nos critica, ¡pero cuánto mayor sería la prueba si aquellos que tienen autoridad suficiente sobre nosotros ejercieran su poder oficial para condenarnos! Aunque hoy en día sería algo raro, muchos de nuestros hermanos tuvieron que sufrir esa terrible experiencia a lo largo de la historia de la iglesia. El salmista testifica que ha soportado ese tipo de aflicción personal y nos dice cuál es el remedio que ha encontrado.
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